Asumo lo del “Super Tazón” cual punto de partida, consciente de que el término más que una traducción, descolonizada y descolonizadora, es un pastiche. Un artefacto simbólico en donde se proyecta más de una cualidad del fenómeno que identifica y las narrativas de modas para describir la tajada de una tajada de la tajada: el espectáculo del medio tiempo de la 60 edición del SuperBowl, en el Levi's Stadium, de Santa Clara, California, tierra arrebatada primero a los nativos y luego a Nueva España (México).
Un término etiqueta, también cartografía de su naturaleza e historial. De un evento deportivo que devino en espectáculo televisivo global, con show en el descanso, publicidad millonaria y una audiencia que supera los 100 millones de espectadores solo en Estados Unidos. Un fenómeno cultural global y un gran negocio, marcado esencialmente por lo comercial.
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Según CBS Sports, el identificativo surgió de manera informal gracias a Lamar Hunt, propietario de los Kansas City Chiefs. Hunt se inspiró en un juguete de su hijo llamado “Super Ball”, una pelota de goma que rebotaba intensamente y era muy popular en los años 60. Por el parecido entre “ball” y “bowl” que ya se utilizaba desde hace décadas en el fútbol americano universitario para nombrar partidos importantes. La combinación de ambos conceptos dio lugar a un nombre corto, fácil de recordar y con gran potencial comercial. Finalmente, en 1969, a partir de la tercera edición del juego, la NFL adoptó oficialmente el término “Super Bowl”.
Un espectáculo concebido y producido para maximizar ganancias, con un pastel de costo que imaginamos equiparables a la cuota de poder en la toma de decisiones. La NFL solo asume el pago a los músicos y bailarines, con los salarios mínimos establecidos por los sindicatos del sector del entretenimiento, que rondan los 1.000 dólares diarios. Otro trozo de los gastos lo asumen los patrocinadores en esta ocasión Apple Music, con un monto que rondaría los 50 millones de dólares.
Su estrategia busca capturar el mercado de mayor crecimiento en el sector digital: el consumidor latino. Para la plataforma tecnológica, Bad Bunny no es solo una marca musical, sino el 'caballo de Troya' para arrebatar suscriptores a la competencia en el continente americano. Frente a Spotify, donde ha manifestado ascenso meteórico y se ha coronado como el Artista Global Top, por cuatro años consecutivos, 19.800 millones de reproducciones en 2025.
El resto de estos costes lo pagan de su bolsillo los artistas seleccionados. Por ejemplo, según la revista W, el cantante The Weeknd gastó 7 millones de dólares para crear su ambicioso espectáculo del mediotiempo de 2021. Aunque para el protagonista termina siendo una inversión, ya que su exposición en este evento global suele disparar las ventas en todas las plataformas. Según la revista Billboard, las ventas de la música de la banda Maroon 5, tras aparecer en el Super Bowl de 2019, se incrementó en 434 %. Lo mismo pasó con los álbumes de Justin Timberlake, cuya venta aumentó un 534 %, luego de cantar en el de 2018.
Esta vez no fue diferente, a pocas horas de su presentación sus ganancias se dispararon en todas las plataformas de distribución. El lunes mismo, Apple Music anunció que la lista de reproducción de Bad Bunny se convirtió en la más reproducida. La marca puertorriqueña dominó la lista global Apple Music Daily Top 100, con 23 canciones en el Top 100, nueve en el Top 25 y cinco en el Top 10. Su tema "DtMF" alcanzó el número 1. Seis de las 23 canciones volvieron al Top 100 Global diario por primera vez desde al menos febrero de 2025. El álbum Debí Tirar Más Fotos, apareció en las listas de éxitos de 155 países, alcanzando el Top 10 en 128 y el número 1 en 46, incluyendo México, Colombia, Chile, Brasil, Alemania, Francia y España.
De modo que es el Super Tazón del boricua y de todas las corporaciones y poderes que maximizan ganancias, tanto plusvalía económica, a través del dinero, como plusvalía de poder, mediante procesos de subjetivación capitalísticos.
Siguiendo con el mapa semántico de “Super Tazón”, vemos que mantiene lo de “Super” del nombre con que se ha popularizado una máquina anglosajona, propagandista del american way oh life and thinking, que ha sido históricamente, “la liturgia civil del excepcionalismo americano”.
Como apunta Roberto Albores Gleason: “No es metáfora. En 1991, el excomisionado Pete Rozellelo admitió al New York Times: «Fue un esfuerzo consciente de nuestra parte incorporar el elemento de patriotismo al Super Bowl.» Desde los años cincuenta, la liga inyecta nacionalismo al espectáculo bandas de marcha, himnos, sobrevuelos de cazas. Durante décadas fue escenografía patriótica. Pero después del 11 de septiembre, la escenografía se convirtió en aparato de Estado. Un informe bipartidista de los senadores McCain y Flake reveló que el Pentágono gastó 6.8 millones de dólares en lo que el informe llamó textualmente «patriotismo pagado». Solo la NFL recibió seis millones”.
Por demás, ingenierilmente ajustada para una operación de “blanqueamiento”. Recordemos que durante la temporada del 2016 el jugador de San Francisco (NFL) Colin Kaepernick comenzó a arrodillarse durante la interpretación del himno nacional estadounidense, como protesta en contra la violencia racial, la brutalidad policial contra ciudadanos afrodescendientes. Por su gesto recibió miles de críticas y mensajes de odio. Incluso, Donald Trump, quien gobernaba por primera vez, presionó a los propietarios de las franquicias de la NFL para que despidieran al quarteback y a los jugadores que lo imitaron. En 2017, Kaepernick se convirtió en agente libre y no fue contratado por ningún equipo de la Liga.
Tras el mal manejo del caso, la liga empezó a perder muchísima audiencia. Por lo que buscaron a un intermediario, que consiguiera reconectar con la audiencia negra, Jay-Z. En 2019, la NFL firmó un acuerdo con Roc Nation, productora de eventos del rapero y productor devenido en empresario, para curar el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl. Desde entonces, todos los artistas que se han presentado han sido negros o latinos: Shakira y J. Lo (2020), The Weeknd (2021), Dr. Dre y Snoop Dogg (2022), Rihanna (2023), Usher (2024), Kendrick Lamar (2025) y Bad Bunny (2026).
Una puesta en escena producida por un experto británico, Hamish Hamilton, reconocido como una de las figuras más influyentes en la dirección de espectáculos musicales y eventos televisivos en vivo a nivel mundial. Quien ha dirigido el espectáculo de medio tiempo de manera anual y consecutiva desde 2010. Bajo las claves de la “multiculturalidad” y del “marketing de la diversidad”, cual abundaremos luego.
Y aún más nos sirve la conjunción, la señal que da “Tazón”, “Bowl” en español, - no en quechua ni en creole- para denotar lo que suele ser menos importante, el recipiente donde la agitación y la mezcla, tienen lugar. Que pudo ser cazuela pero es un bol. Como que es otra la tecnología y la pretensión; no es para un ajiaco o un sancocho, cocido lentamente, sino para re-producir un merengue, para masificar un mareo placentero.
Por otra parte, el artefacto simbólico nos sirve para denotar, de un tajazo, dos procesos de subjetivación de naturalezas distintas y concomitantes en el mediotiempo, un devenir supersincrético interesadamente industrializado, mediatizado e instrumentalizado. Proyectado en sus tajadas: un impulso boricua dentro del Bol/Tazón estructurado durante décadas por el tecnopoder del imperialismo cultural. Un pulseo de fuerzas que no se alcanza a ver, con lo veloz que operó este chorro tan denso de signos y emociones. Con lo que de plantación y de una "cierta manera" tiene todo lo que emana de aquí. Como casi todo lo que se eyecta desde esta "area rítmica" (dixi Antonio Benítez Rojo), desde el Caribe cuajado y encuadrado, en permanente estado de transculturación, enculturación y aculturación. Como es el Reggaeton que para llegar al alcance global que tiene hoy, tuvo que blanquearse y perder la crudeza con la que brotó de la calle, de las zonas más humildes de Puerto Rico.
Como es el Bad Bunny de Debí tirar más fotos, como un sancocho de benitos y bad bunnys, de bomba y reggaetón, de sonidos acústicos y electrónicos, de “Afilando los Cuchillos” y “Bellacoso”, de hedonismo y rebeldía, de enajenación y denuncia, de introspección nostálgica y euforia compulsiva, de amanecer y trasnochar, de “por la noche bebiendo tequila, por el día matcha”. Expansión del joven de Vega Baja que colgaba sus canciones en SoundCloud mientras despachaba mercancías en un supermercado; escapándose del marcosaurio que construyó Rimas Entertainment, destinado a ser marca y a posicionarse, que se dejaba llevar por la moda que alimentaban sus temas y los de sus colegas del reggaetón y el trap latino, hasta que se topó con su compatriota René Pérez, Residente. Como se le ve en el videoclip de "El Club", donde después de un inicio frenético, de instantáneas de un club, aparecen en la cama dos Bad Bunnys con ropajes y actitudes distintas.
Como fue el espectáculo que protagonizó el boricua radicado en Estados Unidos, en el cuarto de hora que regalaron a los "latinos" los de la NFL. Un tazón de objetos y experiencias estéticas, de cuerpos potencialmente vibrátiles pero sincronizados; repleto de planos rítmicos, de campos superpuestos, discursivos y emocionales, atrapables y medibles solo en partes, con incognoscibles esencias y señales; a una acumulación mezclas de ruidos y estribillos, de imaginarios y voluntades, de expresiones auténticas y máscaras reactivas, moldeadas y escapándose, glocalizadas en/desde territorios y resonantes diversos. En plena mezcla de fuerzas centrípetas y centrifugas, de contenidos aglutinantes y disociadores.
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Porque intentar otro nombre pasa por lo describe el guyanés Fred D´Aguiar en su novela La memoria más larga. No tenemos nombres propios, y si lo inventamos sería para complacer a extraños: “Solo fui negrito, mulo, negro de mierda, esclavo o cualquier cosa que se le antojara a alguien”. Es lo difícil de soltarse y librarse de esa cadena de mantras, de maquinaciones servidas por quienes nos han robado hasta una manera nuestra de nombrarnos y narrarnos, de reescribirnos y reinterpretarnos.
De ahí, mis notas sean como tajadas sucesivas de exploraciones y despojos, aproximaciones fluyendo y sistemáticamente interrumpidas, de lo acontecido el domingo en el escenario más visto del planeta. El día y a la hora que decidieron otros, en su bol y con el ritmo con que lo gestionaron interesadamente, para que el meneo fuera controlable. Pero el conejo dio un salto gigante, que no pudieron censurar, como analizaremos con mucho más tiempo que el que duró el mediotiempo.

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