-Regresamos de la escuela, y escucho a mi hijo decir: “Ay, perdona por pisarte”.
Miro hacia todos lados buscando al sujeto afectado, y descubro que le habla a una matica que ha crecido en la acera.
-“Mamá, ¿tú te sabes la canción esa de la negra Tomasa?” “Ay, hija, ahora de verdad que no me viene a la mente”. Al rato, los escucho cantar a ella y a su hermano: “Esa negra linda, camará, que me echó bilongo...”
-Le estoy quitando la camiseta “mofetosa” a mi hijo, después de un día caluroso de escuela, y me dice: “¿Sabes una cosa, mami? Eres muy linda”.
-Esta semana terminamos de leer La isla del coco III. Mis hijos quieren saber por qué Plin se pone capa y botas, pero no short; quién le hizo los moñitos a Cleorata, y por qué los piratas tienen tanta peste, si se pueden bañar en la playa.
-Mi hija no ha aprendido la multiplicación todavía en la escuela, pero quiere enseñarle algo interesante a su hermano de preescolar. 8×8=16, le escribe en la pizarra. Yo, que ando fregando cerca, le rectifico: la suma y la multiplicación no son lo mismo. Pero la maestrita reacciona airada: “mamá, en tus tiempos se enseñaban otras cosas”. Su hermano asiente.
-La furia escolar no termina ahí. Amalia se ha tomado muy en serio la educación del hermano, “que anda jugando siempre, y de tarea nada más hace tres rayitas en una hoja”. Así que le prepara una libreta y un plan de estudios riguroso: hay matemáticas, español, artes plásticas y música. Pero al segundo día el alumno se rebela, dice que solo tiene que hacer la tarea que le mandan de la escuela, que él quiere jugar. La hermana se echa a llorar desconsolada: “es que no me hace caso, mamá, y yo lo hago por su bien”.
-Ya vamos a salir. Yo apuro a Amalia que en el último minuto se acuerda de que quiere llevarse un bolso, una muñeca y tres dibujos. Y entonces me interroga:
“Mamá, ¿tienes el celular, el monedero, las llaves?” “Sí, hija, ya revisé”.
-“Mamá, cuando vaya a judo me pones este pantalón. Yo no sabía que tenía un pantalón de judo. Fui a buscar en la gaveta y me encontré ese pantalón de judo.
¿Por qué no me dijiste que tenía un pantalón de judo? Cuando lo laves me lo pones en el mismo lugar. Que no se pierda el pantalón de judo”. No le digo que el pantalón de judo es un pijama azul que nos regaló una amiga, que ya tiene un huequito, y que no ha visto ni de lejos un tatami.

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