Durante mi primera estancia de estudios de posgrado en la Universidad de Alicante, viajé a Valencia con un amigo y una amiga, principalmente para disfrutar de las famosas fiestas de Fallas, reconocidas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Aquellas calles vibraban con color, música y monumentos artísticos: un espectáculo inolvidable que atrae todos los sentidos y deja una huella imborrable en quien lo vive.
Como cubano e historiador, y siendo un admirador de José Martí, me era imposible dejar de visitar la casa del Apóstol de la independencia de Cuba durante mi estancia en la ciudad. En tal sentido le pedí a mi amiga una valenciana-uruguaya, me llevase a ver la casa de la infancia de Martí en Valencia.
Al llegar, me detuve frente a la fachada y observé la placa conmemorativa colocada al estilo mediterráneo en 2003, que recuerda: “Con su familia siendo niño vivió en esta casa el patriota y libertador cubano José Martí desde 1857 a 1859”.

Aunque no crucé la puerta, contemplar esa tarja y la vivienda me permitió conectar con un capítulo concreto de su vida, reflexionando sobre cómo esas primeras experiencias familiares pudieron influir en su formación y en el legado que dejó para Cuba y el mundo.
Claro que no faltó la fotografía, aunque la lluvia se intensificaba y unía fuerzas con el frio que de ninguna manera impedían que se disfrutara de la icónica fiesta mediterránea y su tradicional pirotecnia.
Hoy, la casa de Martí alberga el restaurante “La Calita”, un espacio gastronómico y cultural situado cerca de la Plaza de la Reina. Aunque su propósito principal es culinario, el lugar conserva referencias a la memoria de Martí y a la cultura cubana, ofreciendo un punto de encuentro donde la historia y la vida cotidiana de Valencia se combinan con los sabores y el ambiente de Cuba.
Mi visita, breve y únicamente desde el exterior, permanece viva en mi memoria. Mientras las calles de Valencia bullían con el esplendor de las Fallas, encontré un instante de calma frente a la casa que albergó parte de la infancia de Martí, reafirmando mi respeto por su vida y obra.
Fue un momento espontáneo y personal: un episodio donde la curiosidad histórica se entrelazó con la celebración festiva de la ciudad, recordándome que los viajes más enriquecedores son aquellos que permiten descubrir, aunque sea por un instante, la historia detrás de los nombres que admiramos.

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