Hace 152 años, un 27 de febrero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, caía en combate en San Lorenzo, en las montañas de la Sierra Maestra. Su muerte encendió con más fuerza en la conciencia de un pueblo decidido a ser libre.
Céspedes fue mucho más que el iniciador del Grito de Yara y el libertador de sus esclavos: fue el símbolo del sacrificio, la dignidad y la confianza absoluta en la capacidad del cubano para conquistar su destino. Desde aquel 10 de octubre de 1868, asumió con total entrega una guerra que no solo buscaba romper las cadenas coloniales, sino también gestar una nación sobre los cimientos de la justicia y la igualdad.
Su vida se fundió con la causa independentista. Desde La Damajagua hasta su último refugio Céspedes enfrentó derrotas, traiciones y pérdidas personales con una fe inquebrantable.
El último disparo de Céspedes: dignidad hasta la muerte en San Lorenzo
Cuando la madrugada del 27 de febrero de 1874 comenzó a clarear sobre las estribaciones de la Sierra Maestra, Carlos Manuel de Céspedes ya llevaba varias horas despierto. Desde su llegada a la apartada prefectura de San Lorenzo, un mes atrás, el hombre que había iniciado la Guerra de los Diez Años mantenía intactas sus costumbres: escribía, leía, jugaba ajedrez y, cuando podía, enseñaba a leer a los hijos de los campesinos que habitaban la intrincada comarca .
A sus 54 años, el Padre de la Patria vestía con la modestia que imponía la manigua: levita de paño negro, pantalón de dril crudo color de tierra, calcetines blancos que aún conservaban las iniciales bordadas "CM 8 de C" y borceguíes de becerro con elásticos . Nada quedaba ya del terrateniente elegante que en 1868 había dado la libertad a sus esclavos en el ingenio La Demajagua. La guerra y la política lo habían despojado de todo, incluso de la Presidencia de la República en Armas, de la que fue depuesto en 1873 por la Cámara de Representantes .
La traición y el aviso
Aquel día, Céspedes se encontraba en la casa de Panchita Rodríguez —una de las viviendas que solía visitar en la zona— cuando una niña irrumpió con una alerta que heló la sangre de todos: tropas españolas se aproximaban .
El patriota no dudó. Tomó su revólver y se internó en el monte, buscando la protección de la manigua que tantas veces lo había cobijado. Pero esta vez, alguien había delatado su paradero. Tras sus pasos venía una partida del batallón Cazadores de San Quintín: un capitán, un sargento y cinco soldados .
Los disparos rompieron el silencio de la sierra. Céspedes respondió al fuego mientras corría, pero su arma se encasquilló. La pólvora húmeda, enemiga implacable de los mambises, lo dejó sin defensa en el momento crucial.
"¡Yo soy Céspedes!
Los españoles intentaban capturarlo vivo. Un trofeo de esa magnitud significaría un golpe moral definitivo para la insurrección cubana. Pero el bayamés, comprendiendo que no tenía escapatoria, tomó una decisión que lo sellaría para siempre en la memoria de Cuba.
Cuando el sargento Felipe González Ferrer se le encimó, dispuesto a reducirlo, Céspedes hizo un último ademán con su revólver inservible. Entonces, en lugar de callar y morir como un desconocido, irguió la figura y pronunció las palabras que lo convertirían en leyenda: ¡Yo soy Céspedes!
El sargento accionó su fusil a quemarropa. La bala perforó el pecho del Padre de la Patria junto a la tetilla derecha . Su cuerpo cayó en un barranco, entre las espinas que minutos antes prometían cobijarlo.
El coronel mambí Manuel Sanguily capturaría después todo el simbolismo de aquella muerte: "Céspedes no podía consentir que, a él, encarnación soberana de la sublime rebeldía, le llevaran en triunfo los españoles, preso y amarrado como un delincuente. Aceptó solo, por breves momentos, el gran combate de su pueblo"
La muerte de Céspedes en San Lorenzo cerró un capítulo, pero abrió una certeza: la dignidad no se rinde ni se entrega. Él, que había respondido en 1870 al capitán general español cuando le ofrecieron canjear la vida de su hijo Óscar por su rendición —"Oscar no es mi único hijo: yo soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la Revolución"—, demostró hasta el último aliento que las palabras se sostienen con actos .
En la soledad de la manigua, con un revólver inservible y siete soldados enemigos frente a él, Carlos Manuel de Céspedes ganó su última batalla: la de la memoria. Porque los pueblos que recuerdan a sus héroes, como aquel 27 de febrero, saben que la muerte no es el final cuando se ha vivido con la frente en alto.

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