Omara Durand lo demostró una vez más cuando recibió el título de Doctora Honoris Causa en Ciencias del Deporte, otorgado por la Universidad de Oriente. La atleta más laureada del deporte paralímpico cubano, dueña de récords, medallas y páginas imborrables en la historia del atletismo mundial, habló desde la gratitud. Y quizás ahí radique una de las claves de su grandeza.
Mientras agradecía el reconocimiento, no habló primero de sus triunfos ni de sus marcas. Habló de quienes la acompañaron en el camino. Fue nombrando, uno a uno, a los entrenadores que ayudaron a moldear su carrera desde que era una niña en la escuela Antonio Fernández León para ciegos y débiles visuales. Recordó a Reinaldo Cascaret Castillo, quien descubrió en aquella pequeña santiaguera condiciones excepcionales para el atletismo. También a Jorge González, Alián Ferrer, Israel Reyes Ayala y Manuel López. Los mencionó con el cariño de quien sabe que detrás de cada victoria existen muchas manos invisibles.
En sus palabras hubo espacio igualmente para Eliana Fernández, a quien llamó "la maga", una figura imprescindible en una trayectoria que la llevó a conquistar once títulos paralímpicos junto a Yunior Kindelán, guía inseparable, compañero de pistas y hermano que, como ella misma reconoce, le regaló la vida deportiva. Juntos alcanzaron la cima y dejaron récords mundiales que aún permanecen vigentes.
Pero mientras escuchaba su intervención resultaba imposible pensar únicamente en la atleta. Allí también estaba la mujer.
La santiaguera que regresa siempre a su ciudad porque necesita el abrazo de su gente. La hija agradecida. La madre preocupada por la educación de sus dos niñas. La muchacha que disfruta una copa de helado, un dulce en almíbar o unas papas fritas cuando el tiempo se lo permite. La mujer que aprendió a convivir con la fama sin permitir que esta la transformara.
Quizás por eso genera tanta admiración. Porque detrás de cada récord permanece intacta una sencillez poco común. Omara habla con la misma naturalidad con la que corre. Escucha, sonríe, agradece. Nunca parece sentirse por encima de nadie.
Hoy ya no compite como atleta activa, pero continúa vinculada al movimiento paralímpico desde nuevas responsabilidades. Como presidenta del Comité Paralímpico Cubano asume el desafío de impulsar la inclusión de las personas con discapacidad a través del deporte, convencida de que constituye una de las herramientas educativas y transformadoras más poderosas de la sociedad.
Su carrera cambió de carril, pero no de propósito.
La velocidad dejó de medirse únicamente en centésimas de segundo para convertirse en gestión, acompañamiento y compromiso con nuevas generaciones de deportistas. Sigue corriendo, solo que ahora lo hace desde otros espacios.
Mientras recibía el título honorífico, la emoción era visible. No era la emoción de quien suma otro reconocimiento a una vitrina repleta. Era la emoción sincera de quien entiende que cada premio representa también a su familia, a sus entrenadores, a sus compañeros y a la ciudad que la vio crecer.
Omara Durand es una mujer alta. Lo es por estatura, por resultados y por historia. Pero, sobre todo, lo es por la sensibilidad con que ha sabido llevar el peso de la gloria.
Quizás esa sea su marca más difícil de romper: haber alcanzado la cima sin dejar de ser la muchacha sencilla que un día soñó con correr.

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