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jueves, 16 de julio de 2026

Entre calles y pantallas: el festival que transforma a Gibara

Durante los próximos días Gibara no será solo un destino, sino una experiencia compartida donde el cine despojado de excesos, recupera su forma más humana...

Yaimara Portuondo Cisneros en Exclusivo 16/07/2026
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Festival de Cine Pobre Gibara 2026
Cartel del Festival Internacional de Cine Pobre de Gibara

La brisa salina de Gibara volvió a mezclarse con el murmullo del cine. Este martes, la ciudad costera abrió, una vez más, sus calles y su gente al Festival Internacional de Cine Pobre, que en su vigésima edición confirma que no se trata solo de películas, sino de una forma de habitar el arte.

El inicio no ocurrió dentro de una sala oscura, sino bajo el cielo abierto. Un pasacalle vibrante recorrió la Vía Blanca entre música, colores y rostros diversos. Cineastas, actores, invitados y vecinos caminaron juntos, como si el festival fuese antes que nada, una celebración compartida. En ese desfile vivo quedó claro que Gibara no es solo sede: es protagonista.

Llegados desde cerca de veinte países, creadores de distintas latitudes confluyen en este pequeño punto del oriente cubano. América Latina, Europa, el Caribe y Asia Central encuentran aquí un territorio común donde el cine independiente respira sin artificios. Durante la apertura oficial, Sergio Benvenuto Solás destacó precisamente esa vocación: la de un espacio que ha crecido sin perder su esencia, fiel al legado de Humberto Solás.

Cuando cae la noche, la ciudad se transforma. Las plazas se vuelven salas, las fachadas pantallas y la energía, sostenida por sistemas autónomos, permite que el cine suceda incluso donde parecería imposible. Gibara resiste y crea, como lo ha hecho durante veinte años.

Frente al cine Jibá, una pantalla inflable reunió al público para cerrar la jornada inaugural con Neurótica anónima, de Jorge Perugorría. La historia de una mujer mayor que sueña con filmar un documental sobre los cines de barrio en La Habana tocó fibras íntimas, como si dialogara con la propia memoria del país. Fue el comienzo simbólico de días en los que la ciudad entera se convierte en relato.

Desde temprano, el Museo Municipal acoge las obras en concurso: ficciones y documentales que llegan desde Cuba y otros países latinoamericanos. Historias breves, miradas urgentes, relatos que encuentran en lo esencial su mayor fuerza. Títulos como Te doy mi voz, Intemperie o Aprendí a llorar conviven con documentales como El VIH se enamoró de mí o Nido: Un espacio para crear y soñar, ampliando el mapa emocional del festival.

Pero el cine no camina solo. En el lobby del cine Jibá los libros y la memoria visual dialogan con el presente, la presentación de Una misa para Solás, de Lorena Massip, y la exhibición de carteles de filmes no realizados recuerdan que también hay obras que existen en la imaginación y el deseo.

En paralelo, la poesía encuentra su orilla en el parque El Boquerón, donde voces locales se entrelazan con el mar en una tertulia que celebra la palabra viva. Y en otro rincón, niñas del proyecto Vestir Gibara convierten la creatividad en conciencia, hilando futuro con identidad y cuidado ambiental.

Así transcurre el festival: entre pantallas y calles, entre historias proyectadas y otras que se viven. Durante los próximos días Gibara no será solo un destino, sino una experiencia compartida donde el cine despojado de excesos, recupera su forma más humana.

 


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Yaimara Portuondo Cisneros

Periodista cubana apasionada por la cultura, el deporte y el arte en todas sus formas.Escribo para quien busca sentir, pensar y descubrir.


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